Todavía parecen retumbar en sus oídos el sonido de las sirenas de los patrulleros y el tabletear de la metralla del funesto día en que vio caer abatido, en desigual enfrentamiento con los gendarmes de Batista, a José Antonio Eechevarría “Manzanita”, el extraordinario líder universitario y aunque han pasado 62 años de aquel 13 de marzo de 1957, sus ojos vuelven a entristecerse y todo el rostro adquiere matices de indignación al recordar los hechos.

“Fue muy triste ver morir a nuestro Presidente de la FEU, a los estudiantes nos embargo un dolor inmenso, sabíamos el carácter, la inteligencia perdida, el revolucionario intachable, la personalidad brillante que mataban los sicarios del tirano.
Ella es Adelina Llamos Sierra, una guantanamera nacida y criada en el batey de Soledad, hoy cabecera municipal de El Salvador, a quien más la suerte que las posibilidades económicas le posibilitaron, entre los años 1953 y 1957, estudiar Pedagogía en la Universidad de La Habana, y ser testigo y protagonista de las luchas estudiantiles revolucionarias contra el régimen del dictador Fulgencio Batista.
Una guajirita en Alma Mater
No era muy usual que en la década del 50, del pasado siglo, una mujer guantanamera, y por demás de procedencia muy humilde, pudiera cursar estudios universitarios en la Universidad de la Habana. Por eso Adelina se confiesa ser privilegiada por la suerte.
“Yo recuerdo a un muchacho de la universidad que siempre me decía que mi papá seguro era un rico hacendado oriental. Nada más lejos de la realidad, en honor a la verdad mi viejo siempre se preocupó por mi educación y la de mis hermanos, con mucho trabajo, pues sólo tenía salario seguro durante el período de zafra, cuando laboraba en el central.
“En septiembre de 1953, llegué a la ciudad de La Habana, para estudiar pedagogía. Acompañando a una tía que llevaba un hijo enfermo al médico, fuimos a parar hasta la morada de la señora Dora Muñoz de Tudela, una guantanamera residente en la capital, propietaria de de una casa de huéspedes.
“Por esas casualidades de la vida, la empleada se había marchado, y luego de hablar con la señora, convenciéndola de que independientemente de los estudios yo podía cocinar para sus huéspedes, logré ese mismo día encontrar trabajo y un cuartito chiquito donde vivir. Aquella residencia estaba, en M y Jovellar, cerca del recinto universitario. Desde uno de los balcones de aquella fue que presencié junto a otros inquilinos el momento de la caída en combate de José Antonio”.
Tomado de: Adelante.cu

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